La resistencia mayo-yoreme a una planta de amoniaco en Topolobambo, Sinaloa. ¡Aquí no!, dicen, y cierran la planta hasta que se cancele su construcción
Ahome, Sinaloa
Gloria Muñoz Ramírez
06 de julio de 2026
Desinformémonos
Un enorme enrejado de malla ciclónica con una serpentina de alambre de púas rodea la casa de Melina Maldonado, pescadora yoreme, activista amenazada por la defensa de la Bahía de Ohuira, donde desde hace más de una década se construye la planta de amoniaco de la empresa Gas y Petroquímica de Occidente (GPO), parte de conglomerado suizo-alemán Proman. Melina baja de la lancha en Lázaro Cárdenas, su comunidad natal, y se encamina a la casa que antes habitaba. De entrada, riega las plantas de su pequeño jardín mientras se escucha el ruido de las conchas de caracol de un arreglo realizado por ella, pues también es artesana. Dentro de la pequeña casa cuelgan las fotos de graduación de sus hijas. Todas, dice, estudiaron gracias a la pesca que para el pueblo yoreme “es parte de su corazón y no sólo una actividad productiva”.
Melina carga también un botón de pánico otorgado por el Mecanismo de Defensores, igual que Felipe de Jesús Montalvo, gobernador tradicional quien, junto con Claudia Susana Quintero, es desde hace una década una de las voces indígenas más visibles en contra de esta planta de amoniaco de financiamiento alemán. De mil 800 millones de dólares es la inversión alemana para, afirma Melina, “destruir nuestra naturaleza y cultura”. La triada de voceros explican al mundo los perjuicios sociales, medioambientales, comunitarios y culturales que, aseguran, traerá la empresa. “Piensa el gobierno que somos tres, pero hay un montón de personas que están dispuestas a combatir en su momento para la defensa de nuestro territorio. El gobierno que no se equivoque, aquí estamos listos para continuar esta lucha”, advierte Felipe, entrevistado en mapawe, un estero sagrado para los yoreme.
La bahía de Ohuira, en el Golfo de California (conocido con el colonizador nombre de Mar de Cortés), es parte del sistema lagunar de Topolobampo, donde se encuentra el puerto que es el nodo principal de conexión marítima con Baja California Sur. En un recorrido en lancha por la bahía se aprecia una gran diversidad de aves migratorias. Aquí la principal producción es el camarón café. Hay jaiba azul y café, ostras de diferentes especies, peces como el roncacho, robalo y pargo. No falta una tortuga que se asoma, pues es su zona de alimentación, entre ellas la de carey, que está en peligro crítico de extinción, y la golfina y la negra. También en la época invernal se avistan las ballenas. Vuela el ostrero pico naranja, y entre las rocas se asoma la iguana negra.
Los delfines saltan a la menor provocación y uno en particular es símbolo de la bahía. Lo nombran “Pechocho”, es un delfín nariz de botella y cuentan que llegó ahí junto con su mamá hace más de 30 años. Su progenitora falleció con el paso del huracán “Ismael” y él decidió permanecer en los manglares de la ensenada “El Bichi”. No es un delfín domesticado, pero gusta de ser acariciado por quienes llegan a visitarlo. Su existencia se ha convertido en un símbolo de la defensa de la bahía, principalmente por niños y niñas que organizan campañas de dibujos o papalotes contra la planta de amoniaco para salvar al “Pechocho”.
GPO, empresa transnacional suiza, con capital del Banco de Desarrollo alemán, se defiende de sus oponentes, argumenta que producirá hasta 800 mil toneladas anuales de amoniaco con una inversión histórica de mil 800 millones de dólares, la cual, asegura, generará una importante derrama económica en beneficio de proveedores, comercios, transportistas y servicios de hospedaje en Los Mochis y Topolobampo. Argumenta también que la planta “contribuirá a fortalecer la cadena agrícola y la seguridad alimentaria del país, conviviendo de manera armónica con el turismo y el consumo local”.
Reactor, proyectil, misil o supositorio
Una enorme mole de acero con forma de proyectil de más de 30 metros de largo, 10 metros de diámetro y un peso aproximado de 300 toneladas, salió de la Administración del Sistema Portuario Nacional de Topolobampo el 29 de mayo de 2026, con destino a las instalaciones de GPO. Para que pudiera pasar se cortó la luz eléctrica en Topolobampo, pues la estructura pegaba con los cables. La alarma empezó a correrse primero entre los yoreme y, rápidamente, a través de las redes sociales de Los Mochis y otras ciudades de Sinaloa. “Hay que pararla”, era uno de los mensajes que circulaban. Y la pararon, justo a unos metros de la entrada a la planta de amoniaco, donde aún permanece, mientras otra estructura igual se encuentra varada en el puerto. La empresa explicó que es una torre industrial para la captura de dióxido de carbono, mientras la yoreme Melina Maldonado explica que GPO jamás imaginó que “ese monstruo” sería el detonador que durante más de diez años esperaron para alertar y movilizar al resto de la región sobre las amenazas que representa la planta, no sólo para las comunidades indígenas que viven y pertenecen al mar, sino para toda la región, el país y el planeta.
Luego de detener el paso de la torre de acero, organizaron una megamarcha de Los Mochis a Topolobampo, al final de la cual decidieron clausurar simbólicamente la planta e instalaron un plantón en uno de los accesos, frente a una gasolinera, para impedir el paso de la maquinaria. Después, el 12 de junio, llegó la titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), Alicia Bárcena Ibarra, quien se comprometió a mantener el diálogo con las comunidades indígenas y activistas inconformes. “Nada en concreto”, afirmó la autoridad tradicional yoreme, pues el movimiento no está buscando mitigar los daños, sino la cancelación definitiva de la obra.
Tres días más tarde de la reunión con la Semarnat, la madrugada del 15 de junio, ¡Aquí no! decidió trasladar su protesta justo frente a las instalaciones de GPO, y montar ahí el plantón indefinido y pacífico para impedir que continúe la construcción de la planta, mientras esperan una respuesta favorable de las autoridades.
Cuando empezaron a rellenar los humedales
Claudia Susana Quintero Sandoval es una mujer mayo-yoreme de la comunidad de Ohuira. Es una de las voces de ¡Aquí no!, movimiento parteaguas de su vida individual y colectiva. En 2017, cuenta, “las comunidades vimos que habían talado mangles, desecaron y habían impactado en una zona de piedra donde anidaban aves. Nos enteramos porque un gobernador tradicional del centro ceremonial de San Ignacio Loyola, en Lázaro Cárdenas, metió un amparo por falta de consulta indígena. Esta autoridad tradicional había tenido a su pueblo muy subyugado y entonces dijimos ‘hasta que hizo algo bueno’, porque le habían otorgado la suspensión definitiva. Ahí supimos de qué se trataba el proyecto, que era una planta de amoniaco, y empezamos a investigar”.
Llegaron después antropólogos de la organización Bosque a Salvo y académicos junto con Ulises Pinzón, uno de los fundadores del movimiento ¡Aquí no! “Ahí nos enteramos qué era el colectivo ¡Aquí No!, que juntaba a pescadores, académicos, cooperativistas, la federación pesquera, turisteros, restauranteros y ONGs locales. Entonces las comunidades originarias arropamos el movimiento”, narra Susana.
Las comunidades yoreme empezaron a conocer los impactos del proyecto, a informarse sobre qué es una Manifestación de Impacto Ambiental, qué era el Convenio 169 de la OIT y demás herramientas internacionales que los amparaban. En ese momento, dice Susana, “le tomamos importancia, pues vimos que nos estaban arrebatando nuestro territorio”.
Susana, Melina, Felipe y muchos y muchas yoreme más “vimos el monstruo que es la planta que producirá 2 mil 200 toneladas métricas diarias, con 75 mil toneladas de almacenamiento”. Entonces, continúa, “empezamos a conocer tecnicismos, lo que era una consulta previa, libre e informada, qué derechos teníamos. La principal arma fue conocer y dar a conocer a la comunidad el Convenio 169, que dice que tenemos el derecho a ser consultados”, y ahí empezó la incorporación del pueblo yoreme al movimiento ¡Aquí no!, que se había formado desde el 2014. “Ellos ya habían metido diferentes recursos legales pero habían sido desistidos, hasta que se dieron cuenta de que había comunidades originarias. Las comunidades estábamos en un letargo. Sabíamos que nos estaban destruyendo la bahía, volteábamos y mirábamos que no había mangle, ya no había dónde anidaran las aves, pero no sabíamos por qué ni para qué”. En realidad, añade Quintero Sandoval, no conocían el proyecto ni sus implicaciones, “y cuando lo conocimos nos unificamos, nos empoderamos con conocimiento y con mucho amor”.
La mujer indígena resume lo que llama el monstruo de mil cabezas: “Es una planta para producir 2 mil 200 toneladas diarias de amoniaco en Topolobampo. El proyecto pretende también almacenar 75 mil toneladas en tres tanques de 25 mil toneladas cada uno, y succionarle a nuestra bahía más de 2 mil metros cúbicos de agua por minuto. Pretenden desalinizar sus aguas y que pasen por sus turbinas, calentarlas y echarlas más saladas al mar y con más químicos, más calientes, a una bahía de la que dependemos tres comunidades. A una bahía que es nuestro lugar sagrado. No entienden que aquí en cada mangle, en cada sonido de los pájaros, se escuchan nuestros ancestros, están los espíritus. Nos pretenden arrebatar la vida”.
La entrevista con Susana y con Felipe, la autoridad tradicional, se realiza en un lugar sagrado para los mayo-yoreme en el que había una enramada que fue destruida por personas ajenas. La enramada (paxko jöta) es un centro ceremonial sagrado construido con bejuco y ramas, un espacio de interconexión espiritual, un microcosmos en el que se reza, se ejecutan las danzas tradicionales y se reúnen las autoridades originarias.
Son múltiples, desarrolla Susana Quintero, los atropellos de GPO a lo largo de 13 años: Dividió a la comunidad, fragmentó el tejido social comunitario, “atacó por dentro, como el salitre que entra a las casas, que no lo ves y que va permeando, y al final deshace las bases de tu hogar”, de tal manera que, explica, “ya no es la empresa la que va y golpea a mi hijo, la que me golpea o la que me insulta o la que violenta una asamblea. Ya es la propia comunidad, es tu propio tejido social que se fragmentó y que se pudrió por el salitre que entró sin darte cuenta”.
De manera paralela, continúa, llegó la violencia “generada por gobierno y sus medios de comunicación, la sociedad que te dice que eres un indio que no quieres progresar, que lo que no queremos es trabajar, que si por nosotros fuera anduviéramos en taparrabos. ¿Pero quién dice que eso no es bienestar también? ¿Por qué me tengo que adaptar a la sociedad y la sociedad no se adapta a mi modo de vida?”.
Es un atentado, asegura la experta Diana Escobedo
De espaldas al Mirador local, con una vista panorámica a la Bahía de Ohuira que conecta con la bahía de Topolobampo, Diana Escobedo Urías, doctora en Ciencias Marinas del Instituto Politécnico Nacional (IPN), con más de 30 años investigando este sistema lagunar costero, describe con precisión los riesgos que trae la planta de amoniaco a la zona: “Es un atentado y un riesgo de pérdida de productividad de la actividad pesquera, además de los riesgos ambientales, culturales y de riesgos para la población. Cada tonelada de amoniaco produciría 1.4 o 1.5 toneladas de CO2 lanzadas a la atmósfera, en tiempos en los que el cambio climático está causando serios problemas a la humanidad”.
De acuerdo a las leyes mexicanas, advierte la experta, la empresa tuvo que presentar una Manifestación de Impacto Ambiental (MIA), “las cuales normalmente hablan de lo bueno de la empresa y minimizan los impactos, porque están hechas por consultorías pagadas por las mismas empresas. Pero también tuvieron que presentar un estudio de riesgos ambientales que simula los diferentes escenarios posibles de riesgo en condiciones normales de funcionamiento, y éste arrojó que había 33 escenarios de riesgo, de los cuales ocho tenían la categoría de inaceptables”.
Inaceptables, explica Escobedo, según la metodología que usaron significa que los escenarios pudieran presentarse una o más veces en el desarrollo, tanto de la instalación como de su funcionamiento, que pudieran causar daños a las personas con lesiones o muerte, y una gravedad más es la del siniestro. Uno de los ocho escenarios que, advierte la experta del Politécnico, es el más catastrófico, no se refiere ni siquiera a los tanques de almacenamiento, sino al ducto de amoniaco que lleva al muelle de Pemex. Una ruptura que provoque una fuga de cinco minutos causaría una nube tóxica de muerte inmediata de humanos en cuatro kilómetros, de lesiones muy graves en 14.5 kilómetros, y de una afectación radial de hasta 45 kilómetros.
Es resumen, señala, “se trata de una empresa y una actividad que no debería de estar en una zona en la que a menos de dos kilómetros está la población, y donde hay otros desarrollos a los que acude la gente. En el caso de una fuga de amoniaco hay un efecto catastrófico también en el sistema lagunar. El amoniaco es un corrosivo que asfixia inmediatamente a los organismos, produce quemaduras, no se podría escapar”.
Escobedo Urías advierte que este es el canal de acceso del agua que entra a la Comisión Federal de Electricidad, “porque ellos también succionan agua”, y es ahí donde la empresa pretende extraer 2 mil metros cúbicos de agua por hora.
La investigadora y su equipo hacen estudios en la bahía desde 1987. En el más reciente trabajaron con larvas de camarón, ostión, almeja y pez, pues aquí está la máxima concentración de larvas de toda la laguna. “La extracción del agua que pretende GPO, solamente para el camarón café, podría causar un desplome de la pesquería de hasta 500 o 600 toneladas al año, cuando la producción total es de 900”, advierte.
De frente a la bahía, la también especialista en el análisis de la salud ambiental del sitio señala la costa donde hay humedal, una comunidad de mangle relativamente bajo porque no está recibiendo entradas de agua dulce. Lo que se ve, señala, son algunos ejemplares de rhizophora o mangle rojo y también mangle blanco.
Después de la zona de inundación, donde no hay manglar, se yergue la planta de amoniaco GPO en construcción. La también experta en estrategias para la conservación del patrimonio natural e inmaterial de la región mayo-yoreme explica que “la planta está en una zona que era de inundación, donde con la marea alta o las lluvias había larvas de crustáceos o moluscos, y en tiempo de lluvias, cuando la marea no crecía tanto, de insectos. Es la zona donde comían las aves que normalmente descansan o anidan en la pequeña isla conocida como Isla Patos, que es un lugar en la que la vegetación, sobre todo de cactáceas, ha proliferado, y las aves ponen ahí sus nidos. Hay aves tan interesantes como el bobo patas azules, que es una especie muy rara, y hay otras especies que están en peligro crítico de extinción. Esta zona representa un porcentaje alto de la población internacional y por lo tanto es sumamente importante que se proteja”.
Durante el invierno, indica la experta, Ohuira recibe más de 36 mil aves migratorias, tan sólo de patos y gansos. Un estudio reciente señala que la bahía de Ohuira, por sí sola, es de las más importantes en Sinaloa que alberga esas aves. A quienes han despreciado la abundancia e importancia de la bahía, la experta responde: “Los que trabajamos en la zona y los ornitólogos hemos documentado la cantidad de organismos presentes, tanto que en esta zona convergen dos sitios denominados Áreas de Importancia para la Conservación de las Aves (Aicas). La laguna en sí está fuera del polígono del Aicas, pero casi se tocan, obviamente las aves no saben de fronteras imaginarias, están en toda la región y se alimentan aquí”.
La doctora del Politécnico señala el litoral que se vislumbra más adelante. Es, dice, lo último que queda de manglar en esta zona. El manglar ha ido disminuyendo en cobertura y en tamaño por todos las modificaciones y los rellenos que cambian el régimen hidrológico. “Se da un fenómeno que llamamos «secuestro de agua», porque al hacer más profunda la zona, el agua que normalmente entraba y que subía más a la zona terrestre encuentra un canal más profundo y ya no llega”.
Durante más de 50 años Ohuira ha recibido muchos impactos, principalmente por la actividad agrícola, y ahora de las aguas residuales de la ciudad, aunque sean tratadas. “La laguna de Ohuira no necesita más impacto, lo que necesita es una restauración urgente”, indica. Grupos de investigación han enviado propuestas de solución a diversas instancias de gobierno y a diputados y senadores, “pero hasta el momento no hemos recibido ningún interés sobre estas propuestas de bajo costo. No se dan cuenta que la importancia del sitio es tal que debería estar en la mira de las autoridades federales, sobre todo cuando fue la misma federación la que solicitó que fuera reconocido a nivel internacional”.
– ¿Cuál es la razón para que las autoridades estatales, municipales y federales, vean vocación de corredor industrial a esta zona particular?
– Se puede entender que el puerto de Topolobampo, con todas las ventajas que tiene con la salida al océano, y por el muelle de Pemex, el ferrocarril, el aeropuerto, pueda ser muy atractivo. Pero no podemos entender que sin mediar ningún estudio hayan decidido declararlo zona industrial. La laguna es somera, hay una gran cantidad de especies delicadas que deben ser conservadas. En el Ordenamiento Ecológico del Mar de Cortés, esta zona está ubicada como la Unidad de Gestión Ambiental número once, lo que quiere decir que es una zona con vocación de pesca tradicional y de conservación. En ningún momento se habla, ni en su zona litoral ni al interior, como una zona industrial, por lo delicada que es, pero se les ocurrió declararla industrial, sin tomar en cuenta que debido a la baja profundidad y al gran tamaño cualquier contaminante causa muchísimo más daño que en una zona de gran profundidad. Las plantas de amoniaco o de metanol, sobre todo las que tienen un regreso de aguas residuales, están ubicadas en zonas de gran profundidad, pero esta es una laguna costera somera, con gran biodiversidad, que ya tiene muchos impactos”.
– ¿Qué significa que la bahía sea un sitio Ramsar?
– Un sitio Ramsar es designado por su alta biodiversidad. La bahía de Ohuira es el ecosistema con mayor concentración de patos migratorios, además de ser hábitat de aves locales y espacio de refugio para comunidades de delfines nariz de botella, donde las hembras crían y alimentan a sus cachorros. También registra presencia de tortugas marinas en peligro crítico de extinción. Al ser un sitio Ramsar el gobierno de México debe de avisar a la convención que quiere hacer un desarrollo que puede poner en peligro la estabilidad ecológica del sitio, pero nunca lo ha hecho.
La comunidad, el colectivo que defiende la zona, solicitó la intervención de la Semarnat para que solicitara una Misión de Asesoramiento, pero nunca se hizo, porque Semarnat respondió que estaba en ciernes el plan de manejo, otra herramienta importante para las áreas naturales protegidas. El plan de manejo se realizó, pero nunca fue declarado, nunca se presentó y nunca se valoró. Ni llamaron a la Misión ni decretaron el plan de manejo, y por lo tanto este cuerpo lagunar sigue en franco deterioro.
El mar y la cosmovisión mayo yoreme bajo ataque
El Golfo de California se abre a la salida de Ohuira, con sus playas desérticas y su abundante fauna marítima. En yoreme, traduce el gobernador tradicional Felipe de Jesús Montalvo Valenzuela, el mar se dice baawe. Nosotros, añade, “le decimos itom yoem baawe ania, ‘nuestro mundo del mar’”. Este baawe ania “para nosotros es algo espiritual, sagrado. Ahí está el sustento para nuestras familias, de ahí sale nuestro alimento, pero también lo consideramos un lugar sagrado por tener vida, y como tal se le debe respetar”.
En la cosmovisión yoreme, narra la autoridad tradicional que ha encabezado la defensa de la bahía en la última década, “todo lo que tiene vida tiene voz y nosotros ponemos voz a los animales, tanto de tierra como del mar. Tenemos la costumbre de interpretar todo lo que se mueve. El mar tiene voz, el monte, el aire, los animales.
– ¿Y qué está diciendo el mar en este momento?
– El mar está dando gritos de auxilio. Pide intervención de nosotros por el daño que se le quiere causar. Al mar, como a los demás elementos, lo sentimos también, nos hace sentir la preocupación que existe cuando es amenazado por empresas petroquímicas o por algún otro factor que lo quiera dañar. A veces el mismo aire y el mar, sus olas, nos hacen conversar con ellos, de tal manera que percibimos su preocupación por la amenaza que se aproxima. Igual que el juyya ania, el monte, que se preocupa por su hermano.
Hay momentos en el que el juyya ania también llora. Llora cuando los árboles se rozan entre sí, eso es porque está triste y porque se aproxima alguna tempestad. Conociendo nuestro entorno y perteneciendo a estos mundos sabemos interpretar los momentos, dependiendo el escenario en el que nos encontremos. Ahora tenemos poca naturaleza, poco monte, porque agricultores han talado tierras para aprovecharlas.
Las aves también dialogan, todo se complementa. Así como nosotros todos gritamos y defendemos nuestra bahía, ellas también hablan a una sola voz, también dicen que aquí están y que no las dejemos solas. Que caminemos siempre en resguardo a nuestra creencia, nuestra juyya ania, el baawe ania, el buia ania, que es el mundo de la tierra, y el teweka ania, que es el mundo del universo. Se complementan todos. Esa es nuestra yo’o luturia, nuestra verdad.
Montalvo Valenzuela, cobanero (autoridad) yoreme de Ohuira, vive ahora en una pequeña casa de campaña en el campamento frente a la empresa GPO. Tiene 52 años y lleva al hombro un látigo de cuero que representa su cargo. También un botón de pánico, producto de las amenazas que ha recibido en la defensa de su pueblo.
Hablante y profesor de su lengua, explica que el yoreme es un juyya ania, puede ser una flor, puede ser un árbol. “Cuando nosotros fallezcamos”, explica, “seremos sepultados y nuestra energía y nuestro cuerpo serán absorbidos por el juyya ania, por los árboles que estén cerca de la tumba, por una mata o un arbusto, y cuando en su momento florezcan, vamos a volver a ser juyya ania, del monte. El yoreme es más que nada el complemento de tierra y territorio, somos las dos partes. Sin territorio no existiríamos como tal. Por eso es muy importante para los pueblos originarios conservar tierra y territorio y su forma de vida, su condición, todo lo que en ella vive”.
La entrevista con Felipe Montalvo se realiza en mapawe, lugar sagrado de los mayo-yoreme o lugar de palo colorado. Con el mar de frente, la autoridad recorre el lugar con la mirada: “Aquí teníamos nuestra enramada para hacer nuestras procesiones y diálogos, pero a raíz del proyecto de la planta de amoniaco GPO nos destruyeron el lugar”.
Montalvo narra que los mayo-yoreme lo mismo son hermanos del río que de la sierra, existen desde antes de la invasión de los españoles, pero “con su llegada hubo mucha muerte, mucho arrebato de riquezas, por lo tanto quedamos dispersos los pueblos originarios y distribuidos en el norte de Sinaloa y el sur de Sonora, junto con nuestros hermanos yaquis, quienes no fueron invadidos por los españoles, y por eso los reconocemos como nuestros hermanos mayores”.
El pueblo originario de Ohuira ha tenido tres asentamientos. Empezó de la orilla del río al mar, en un lugar que se llama Los Rieles. La comunidad se fue cambiando a donde no hubiera salitre hasta llegar aquí, hace 90 años. “Hemos permanecido trabajando el mar, haciendo fiestas tradicionales. Ohuira es un lugar sagrado que está ahora amenazado por la empresa Gas y Petroquímica de Occidente (GPO). Nos lo quiere destruir, es un despojo que nos quiere hacer y que va a ocasionar un golpe existencial a nuestra vida. Si se establece este proyecto sería el desplazamiento, un etnocidio y un ecocidio”, insiste.
Los gobiernos yoris (de personas no involucradas con la comunidad) no entienden a los gobiernos yoreme, “o hacen caso omiso”. Pero, dice, “si es preciso perder la vida luchando, lo vamos a hacer los pueblos originarios. Nos toca ahora a nosotros luchar contra esta empresa alemana”. Y, cuando se agoten todas las instancias, “tomaremos acciones propiamente consensadas por las comunidades sobre qué paso vamos a dar una vez que los gobiernos nos hayan ignorado y hayan pisoteado nuestros derechos como pueblos”. Si se establece la planta de amoniaco, advierte, “de todos modos nos va a matar, pero preferimos morir luchando que morir arrodillados ante estos empresarios, ante estos gobiernos”.
La consulta
Los mayo yoreme que se oponen a GPO descalifican la consulta que se realizó después de iniciarse la obra. Esa consulta fue en respuesta al reclamo de los amparos, pues los pueblos indígenas no habían sido tomados en cuenta. La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) la ordenó en 2022, explica Montalvo, “y nosotros accedimos a llevarla a cabo, para no caer en un desacato, pero ya no tenía las características de buena fe, ni libre ni informada, ni culturalmente adecuada”.
Entonces, cuenta, se vinieron en cascada los atropellos: “Compra de conciencias, duplicidad de gobernadores tradicionales, dieron la información que quisieron y consultaron a lugares no afectados”. En los resultados de los cuatro pueblos indígenas (Paredones, Lázaro Cáradenas, Juan José Ríos y Ohuira) “no hubo consentimiento, no aceptamos el proyecto, por lo tanto no se debió haber instalado, sino que se debió cancelar en su totalidad. Pero no fue así, continuó arropada por los gobiernos municipales, estatales y federales de cualquier partido”.
Este proyecto violentó también su cementerio ancestral. “No les interesó rellenar humedales y rellenar a nuestros ancestros. Es el coraje que hay en las comunidades. No respetaron la memoria ni el descanso en paz de estos ancestros que también anduvieron por estos territorios como nosotros. Hasta eso llegan al no respetar nuestra tierra, sin importar si en ella está sepultada parte de nosotros como pueblos originarios”.
Y luego, dice, “nos hablan de soberanía nacional, pero lo que tenemos aquí es una empresa alemana que viene a interrumpir, a despojar y a ocasionar un desastre a nuestras comunidades. No es un proyecto ni sustentable ni sostenible para las comunidades y para la ciudadanía, simplemente es un proyecto económico y sabrá Dios quiénes se van a enriquecer con él”.
Las comunidaades mayo-yoreme poco a poco fueron sumando información del proyecto. Conocieron que la empresa es de origen suizo pero la inversión sería del banco alemán KfW IPEX, con un esquema de financiamiento internacional estructurado. Por eso, el 24 de marzo de 2026 una delegación del movimiento ¡Aquí No! se presentó en el banco para informarle sobre los riesgos ambientales y culturales de la planta. Se trata, indicaron los participantes en la misión, de que el banco alemán, que es público, retire la inversión, “desinvierta” en un proyecto “que traerá tanta muerte”.
Claudia Quintero sintetiza: Si se termina de construir la planta de amoniaco “el daño a los recursos sería incuantificable. Hay alrededor de 4 mil pescadores, que pertenecen a cooperativas o no, y que vienen y se sustentan aquí. El alimento diario de las comunidades depende de la bahía. Y lo más importante, si la bahía se muere, también muere nuestra cultura. Nosotros no tendríamos dónde ejercer nuestros usos y costumbres. A lo mejor no me matas de arrebatarme la vida, pero sí me estás arrebatando mi cultura, mi manera de ver el mundo, y es etnocidio. Mi comunidad va a morir, a lo mejor no en vida, pero ya no va trascender”.
Claudia Sheinbaum, fertilizantes y soberanía alimentaria
El pasado 30 de junio la presidenta de México Claudia Sheinbaum fijó su postura en su conferencia matutina. Defendió la planta de amoniaco GPO, que en su momento fue autorizada por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, en la lógica de “avanzar en la soberanía alimentaria con la producción de fertilizantes”.
Expertos consultados sobre la soberanía alimentaria rechazan tajantemente este argumento. Aldo González Rojas, integrante de la Unión de Organizaciones de la Sierra Juárez, Oaxaca (Unosjo) y de la Red en Defensa del Maíz, explica que la soberanía alimentaria debe dar prioridad a la producción local de alimentos con pertinencia cultural. Los yoreme, señala, viven principalmente de la pesca en Ohuira “y poner en ese lugar una planta de producción de amoniaco causaría daños lamentables al medio ambiente y pérdida de soberanía alimentaria para las comunidades indígenas, pues no tendrían la posibilidad de seguir alimentándose como lo han hecho desde tiempo inmemorial”.
En la Constitución mexicana, indica, “se utiliza ahora el concepto de soberanía alimentaria y se dice que se va a fomentar la agroecología, pero esto solamente es retórica porque no hay políticas públicas claras que especifiquen cómo se tendría que hacer. Ni siquiera hay una definición clara de soberanía alimentaria”.
Para que exista esta soberanía, argumenta, “deberían de ponerse por encima de los intereses de las empresas los intereses de los pueblos. Y esto significa que puedan producir sus propios alimentos, con sus semillas propias, con sus formas propias de producción agrícola, y con la agroecología, por supuesto, que no necesita del uso de amoniaco o de derivados del amoniaco”.
Por su parte, Ana de Ita, directora del Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (Ceccam), experta en políticas agrarias y ambientales y en agricultura campesina, explica que la soberanía alimentaria “es un concepto reconfigurado por el movimiento campesino internacional La Vía Campesina, que resalta la importancia de la producción campesina, la de los pescadores, la de los pastores, para la alimentación de la población de los Estados nacionales”. Por lo tanto, indica, “es totalmente contrario al establecimiento de una planta de producción de fertilizantes agroindustriales por una empresa transnacional suiza, con capital del banco de desarrollo alemán, que además despoja de su territorio y forma de vida al pueblo indígena mayo-yoreme, que es pescador en esta bahía, en la que se encuentran también sus sitios sagrados”.
El argumento de la presidenta Sheinbaum y en su momento del presidente Andrés Manuel López Obrador, indica Ana de Ita, “se refiere a la producción de fertilizantes en México por una transnacional extranjera que, en el papel y en las Cuentas Nacionales, sustituirán cierto porcentaje de las importaciones que en 2025 alcanzaron 1.5 millones de toneladas provenientes principalmente de Rusia (514 mil 438 toneladas), de Omán (340 mil 899 toneladas) y de China (192,506 toneladas)”. En México Fertinal, la subsidiaria de Pemex, produce únicamente 35 por ciento de la demanda nacional que asciende a 5.5 millones de toneladas anuales.
Por lo tanto, añade la experta, “que en Sinaloa se produzcan 2 mil 200 toneladas de amoniaco que se utilizarán para producir fertilizantes, por GPO, subsidiaria de la empresa suiza Proman, no significa que el país sea más soberano. Además, GPO ha aclarado que el principal destino de su producción es la exportación a Estados Unidos, desde donde México importará nuevamente para cubrir parte de la demanda nacional”.
La dinámica es la siguiente: “La producción desde México por GPO, de capital suizo y alemán, cuenta en el papel como una producción mexicana. La exportación a Estados Unidos cuenta como una exportación mexicana que reduce el déficit de la balanza comercial de fertilizantes, para que nuevamente México deba importar fertilizantes desde Estados Unidos. Idas y vueltas de cuentas de papel, que no significarán que los campesinos mexicanos tengan ese fertilizante a un precio más barato”.
En resumen, para la directora del Ceccam, “el despojo de los territorios indígenas y de pescadores por una empresa transnacional no tiene nada que ver con la soberanía alimentaria”. Pero, “como en todo gobierno neoliberal, los derechos de los pueblos indígenas y de los pescadores son pisoteados para favorecer a las transnacionales; las argucias, simulaciones y componendas para justificar el establecimiento de la planta de amoniaco en contra de la voluntad de su legítimo poseedor, el pueblo mayo-yoreme sigue el mismo patrón que los despojos anteriores”.
Sobre la conveniencia del uso de amoniaco como fertilizante, Aldo González complementa: “El nitrógeno es el gas que más existe en el planeta, y la obtención de nitrógeno por parte de las plantas no necesariamente tiene que ser a través de estos abonos químicos, ya que es un proceso que se tiene que realizar de manera natural para que las plantas puedan obtener el nitrógeno del aire o del suelo. Esto significa que debe haber suelos sanos para que las plantas puedan obtener el nitrógeno necesario para su crecimiento”. Además, argumenta, “el uso excesivo de nitrógeno en los suelos agrícolas provoca la acidificación del suelo y esto significa que estarían matando a los microorganismos que son los que ayudan a las plantas a obtener el nitrógeno que necesitan para su crecimiento y para la producción de alimentos”.
El amoniaco, advierte González, también produce otros problemas, sobre todo cuando entra en contacto con el agua: “Es un fenómeno que se llama eutrofización, y significa que hay un crecimiento descontrolado de algas. Y esto tiene un impacto directo con el medio ambiente porque no va a permitir que sobrevivan otros organismos que están adaptados a esos ecosistemas, ya que habrá una proliferación descontrolada de algas”.
El experto zapoteco de Guelatao, Oaxaca, indica que el amoniaco contribuye de manera indirecta al efecto invernadero, ya que cuando éste se libera al aire puede producir óxido nitroso, “lo cual contribuiría definitivamente al calentamiento global. Hay que recordar que más del 25 por ciento de los gases de efecto invernadero son producidos por la agricultura industrial y el amoniaco juega un papel importante en esa contribución”.
“No se puede decir que una planta de producción de alimentos va a favorecer la soberanía alimentaria, cuando no se están realizando acciones para apoyar el campo mexicano, que ha estado abandonado por más de 40 años”, concluye González Rojas.
Otra aseveración presidencial para defender la construcción de la planta es el avance la obra, que de pronto creció en las estadísticas. En abril de este año, GPO declaró que llevaban un adelanto del 88 por ciento de la construcción. A finales de junio, y con un mes sin funcionar, la presidenta de México indicó que tiene un avance de 95 por ciento. La comunidad mayo-yoreme desmiente las dos versiones y afirma que tienen menos de 60 por ciento de la obra.
“Aquí no, definitivamente aquí no. En la bahía de Ohuira no, porque es la bahía más cunera del complejo lagunar del sitio Ramsar 2025. Es el cunero de la bahía de Topolobampo, de la bahía de Santa María, y mares abiertos. Aquí no porque está el pueblo originario. Aquí no porque está nuestra cosmovisión”, finaliza Melina Maldonado.
https://desinformemonos.org/la-resistencia-mayo-yoreme-a-una-planta-de-…

